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Desde hace siglos los científicos creen que sus teorías mecánicas relatan cómo es la realidad por sí misma, es decir, cómo es objetivamente cuanto vivimos y experimentamos. Así, al hablar de átomos, de radiaciones, de corpúsculos, de ondas, de fuerzas, de causa-efecto, de puntos en el espacio-tiempo, etc. creen que todo eso realmente existe ‘fuera’ de nosotros. En otras palabras, han creído que sus descripciones sobre la realidad son una especie de espejo pulcro y atinado que refleja de manera perfecta el cómo son precisamente las formas, las propiedades y características verdaderas de la naturaleza –La realidad se refleja en nuestro conocimiento sin refraccionar- Dicen extasiados. A esta creencia se le llama idealismo, y para resumir, parte de la tesis que la realidad y nuestro pensamiento son dos cosas idénticas ¡Pero despertemos! Nuestro pensamiento, en el mejor de los casos, no es más que ensueño.
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Podemos demostrar que el idealismo no es demostrable ¿Cómo? 1º Desconocemos completamente cómo es realmente -De forma objetiva y de por sí- aquello que nos afecta (Ya Kant refutó el idealismo materialista que la ciencia moderna empezó a divulgar en el s.XVII -Descartes-, aunque bien es cierto que la crítica kantiana fue, desgraciadamente, para establecer el idealismo trascendental, no menos indemostrable e incomible que el idealismo materialista cartesiano). 2º Somos nosotros quienes nos inventamos herramientas conceptuales para describir cómo es cuanto experimentamos ¡Damos forma a cuanto nos afecta! En otras palabras, para conocer cómo es la vida la disfrazamos y engalanamos: le ponemos nombres, valores, delimitaciones y medidas, la clasificamos, en fin, le conferimos una u otra forma lógica según nos convenga ¡Y es que siempre vemos la vida a nuestra manera y según nuestras herramientas descriptivas! Tan egoístas somos.
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La vida es sumamente moldeable: atiende a una multitud de formas distintas, dispares incluso contradictorias. Pero ignoramos completamente si tiene forma fija o dada, en cualquier caso, somos nosotros quienes le imprimimos forma, sentido y valor a cuanto nos afecta segun nuestra fisiología: nuestras capacidades y disposiciones ¡Experimentar es modificar, digerir, metabolizar... alimentarnos de la realidad!
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La ciencia moderna es genéticamente idealista: desde sus inicios ha creído que cuanto experimentábamos era la realidad própiamente dicha, es decir, si experimentábamos un conjunto de datos empíricos, de hechos o fenómenos, entonces, estipulaba que la realidad era precisamente un conjunto de datos empíricos, hechos o fenómenos. Sin embargo, experimentar es moldear y modificar la realidad ¡Humanizarla!
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El fenómeno no es más que una idealización, es decir, un mito y un ensueño humano.
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En la edad moderna se ha tendido de forma peligrosa a reducir el concepto de ciencia al ámbito mecánico, es decir, se ha tendido a considerar que una opinión es científica sólo cuando cumple con criterios de validación mecánicos. Sin embargo, se puede demostrar que la realidad no es una máquina y, no en vano, apreciamos con claridad como toda opinión mecánica resulta ser inusficiente e incompleta a la hora de interpretar y explicar la realidad.
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El método científico que ha dominado occidente en los últimos siglos no es más que un cúmulo de criterios con los cuales juzgar si una opinión humana es mecánicamente válida o no. Es decir, el método científico moderno no nos enseña si una opinión humana es verdadera o falsa de por sí, sólo si es válida dentro de un contexto mecánico. En razón, podemos considerar las teorías mecánicas como falsas si las juzgamos a través de otros criterios de validación. La verdad (acierto) y la mentira (error) sólo surgen del convenio y la estipulación de criterios de valoración .
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El método científico moderno se fundamenta sobre muchos prejuicios indemostrables, por ejemplo, que existe el causa-efecto o bien, que existen cosas -fenómenos o hechos- idénticas en la naturaleza. Por ejemplo la idea de que dos átomos de hidrógeno son idénticos es indemostrable, sin embargo se puede validar a través de unos criterios mecánicos ¡Y cuantas grandes cosas hemos desarrollado sobre esta opinión!
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Si nos vemos fascinados por las artificialidades, las mentirosas idealizaciones, los engaños, los mitos que ha desarrollado la mecánica durante 500 años no es porqué ésta nos ilustre la realidad por sí misma, sino por el poder que sentimos aplicándola ¡Gracias a ella nos vemos capaces de predecir, de calcular, de controlar la naturaleza! ¡Cuanto nos embruja y emociona semejante sensación de dominio y poder! Es en este sentido que sentimos un gran placer para con las opiniones mecánicas, y con ligereza y alegría les colgamos inocentemente la venerada guirnalda de la Verdad ¡Cuánta inconsciencia hay en toda inocencia!
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A principios del s.XXI empezamos a darnos cuenta que la ciencia moderna -Toda teoría mecánica- es insuficiente e incompleta, es más, ¡advertimos que no nos explica nada! Empezamos a desconfiar del placer que ella nos proporciona -Vale, me haces disfrutar haciéndome sentir amo y señor de las cosas, pero esto no significa que tú seas la única, la verdadera, la definitiva- Le susurramos mientras le sonreímos y acariciamos ¡Durante siglos su belleza nos ha seducido y extraviado, pero empezamos a ser nosotros quienes cogemos las riendas!
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Toda concepción mecánica del mundo deriva o en el nihilismo (la realidad ha sido causada por la Nada, lo Infinito, lo indeterminado, lo misterioso) o bien, en Dios (causa primera). Aunque, mírese como se quiera, tanto la Nada como Dios son lo mismo: una mala (insuficiente) perspectiva de las cosas.
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Hay que superar las ciencias mecánicas. A fin de cuentas, ellas nos llevan al vacío, al imposible, al sinsentido, es decir, al idealismo y el dogmatismo ¿Estamos preparados?
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La negación del idealismo científico en realidad no es nueva. Ya Montaigne (s.XVI) lo advierte cuando escribe a propósito de Cicerón “Pues Dios quiso para nosotros no el conocimiento de las cosas, sino sólo su uso”, para añadir poco después “No estoy muy seguro de que Epicuro, Platón y Pitágoras nos hayan dado como moneda auténtica sus Átomos, sus Ideas y sus Números. Eran demasiado sabios para establecer como artículos de fe cosas tan inciertas y discutibles. Mas en esta oscuridad e ignorancia del mundo, cada uno de estos grandes personajes se esforzó por echar algo de luz y pasearon su alma por unas ideas que tuviesen al menos amena y sutil apariencia; <<estos sistemas son ficciones extraídas del ingenio de cada filósofo y no consecuencia de su ciencia (Séneca)>>.
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Nietzsche se adelanta varios siglos en su visión sobre la ciencia. Pero muy pocos son capaces de sacar provecho de su herencia intelectual ¿Aún no ha llegado el tiempo para ello?
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Me hace sonreir apreciar como no son pocos los ilusos que al estudiar la ciencia moderna lo hacen a través de los propios criterios mecánicos que le dan sentido y validez. No es que no tengan razón, pero su opinión sobre la ciencia acaba siendo algo muy incompleto, incluso casi mediocre. Sin embargo, ellos creen que de esta forma llevan algo más de razón.
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Para los que saben es difícil discernir donde empieza la mecánica y donde la filosofía, de la misma forma que es difícil discernir donde empieza la atmósfera terrestre y donde el espació sideral. Podemos estipularlo, pero nada más. No hay saltos, sino graduaciones. La realidad es contínua.
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Los mecánicos son malos filósofos. Pero un filósofo no aspira a ser un científico y encerrarse en una única parcela de conocimiento. El filósofo aspira a orientar, iluminar y sacar el máximo provecho a los mecánicos.
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El problema principal de la ciencia contemporánea, y por tanto de su cultura, es su sentimiento antifilosófico es decir, su mentalidad anárquica, obrera y socialista que no quiere que haya jefes ni amos y que, en la esfera del conocimiento, todo el mundo sea tratado por igual –Todo el mundo tiene derecho a tener la filosofía que le plazca- Se exclama, pues se considera la filosofía algo más bien de creencias arbitrarias y especulaciones personales. A fin de cuenta, estamos ante gente semiculta -Y no hay nada peor que estudiar las cosas a medias y por encima, tal y como lo plantea la cultura de masas-.
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Se debería prohibir la filosofía en los colegios públicos: allí ésta se enseña poco y mal. No en vano se le pierde el respeto. En los colégios públicos sólo se debería enseñar a trabajar es decir, enseñar a aplicar fórmulas, métodos y estrategias para sacar rendimientos. El colégio público debería crear mentes mecánicas, es decir, operarias. La filosofía son para quienes viven a parte.
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El conocimiento es una empresa humana. Y como todas las empresas requiere de caracteres directores, organizadores y emprendedores, ¡primeros motores!, que se distingan por encima de los especialistas y obreros gracias a su visión global de los problemas.
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Los filósofos son la raza aristocrática del conocimiento por excelencia: sobre ellos caen los mayores retos y las más pesadas cargas. Para hacer frente a tamaña tarea sin verse aplastado se requiere de casta.
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No ha sido hasta el s.XX y en especial hasta el desarrollo de la teoría cuántica, que los científicos no han empezado a sospechar cuán ilusos han sido durante siglos, percatándose de cómo el idealismo les lleva a una contradicción incomprensible. Sin embargo, por sí mismos están lejos de sacarle partido a todo esto.
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El positivismo científico es idealismo. No ver esto es no entender nada.
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Durante siglos la física se enfrascó en una ardua discusión ontológica para determinar la naturaleza de la luz. Esta discusión se focalizó en dos tesis: a) La luz es un corpúsculo b) La luz es una onda. Newton fue el abogado defensor de la primera tesis. Huygens defendió la tesis ondulatoria.
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A finales del s.XIX parecía que la disputa ontológica que los físicos habían entablado había alcanzado una conclusión definitiva con las ecuaciones electromagnéticas de Maxwell y experimentos como el de Young o Fresnel: la luz es una onda.
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En 1900 Planck solucionó ‘la catástrofe ultravioleta’ apoyándose en una hipótesis sumamente incómoda para la época: la luz es un corpúsculo. Cinco años más tarde Einstein solucionó el problema del efecto fotoeléctrico utilizando la hipótesis de Planck. Poco después Compton describió el efecto Compton también a través de la hipótesis de Planck.
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Durante más de 20 años el mundillo científico reabrió el debate ontológico sobre la luz -¿Qué es la luz?- Se preguntaban entre entusiasmados y comedidos. Y se optó por un juicio harto salomónico aunque nada lógico: la luz es una onda y a la vez un corpúsculo.
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A principios de la década de los años 20 De Broglie aplicó el principio de coherencia y estableció que si la luz es una onda-corpuscular la materia también lo era. A raíz de esta intuición se comprobó que, efectivamente, el electrón podía ser estudiado no sólo como una partícula másica sino también como una onda. Y gracias a ello se pudo construir el primer microscopio electrónico –Un aparato 500.000 veces más resolutivo que un microscopio normal-.
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Con todo, la realidad fue definida ontológicamente como una dualidad onda-corpusculo. Y para describir esta nueva ontología se requería una nueva mecánica que no simulara, sólo, los fenómenos corpusculares o los ondulatorios por separado, sino ambos a la vez. Es decir, se requería de una nueva visión mecánica para empezar a describir la realidad como ondacorpúsculos; de esta forma, se continuaba creyendo que a través de nuestras descripciones y mecánicas conocíamos la realidad própiamente.
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La nueva mecánica no tardó en llegar de la mano de Heisenberg, con la ayuda de Born y Jordan. Para ello se desarrolló la mecánica matricial (sumamente compleja y difícil) la cual partía de la idea que toda onda 'material', al ser contínua, expresa inifnitas extensiones (posiciones espacio-temporales) en donde podemos encontrar el corpúsculo. En este sentido, para encontrar la partícula de una onda es necesario desarrollar series infinitas -Que representaban las posibilidades extensivas de la partícula-, es decir, es necesario ‘trascender’ ¿Qué implicaba eso? Todo el mundo sabe que lo trascendente no es experimentable. Así pues, la teoría de Heisenberg resultaba ser sumamente etérea e impalpable: a la vista de todos los científicos ésta sólo consistía en un complicado cálculo matricial. De aquí se hizo famosa la frase “cállate y calcula” para tratar las cuestiones cuánticas.
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La propuesta mecánica de Heisenberg funcionaba perfectamente a la hora de hacer los cálculos, pero a nivel conceptual, como ya se ha dicho, resultaba incomible para la mayoría de inteligencias de la época. Además introducía el principio de incertidumbre y probabilidad que imposibilita poder determinar completamente un experimento.
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“Conocía la teoría [de Heisenberg], por supuesto, pero me sentía descorazonado, por no decir repelido, por los métodos de álgebra trascendente, que me parecía muy complicada, y por la imposibilidad de visualización” Confiesa Schrödinger.
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Einstein, De Broglie y Schrödinger no tragaban el cálculo matricial de Heisenberg, Born y Jordan por dos razones principales: el principio de incertidumbre y la trascendencia del cálculo matricial. En realidad el problema era el principio de incertidumbre, que imposibilitaba la determinación completa de un hecho físico. Es decir, el principio de incertidumbre echa por los suelos el gran sueño idealista: llegar a conocer la realidad por sí misma ¡Que nuestro ensueño y pensamiento sea una reflejo perfecto de la realidad! Estos científicos creyeron que el cálculo matricial era simplemente incompleto y que, precisamente por ello, se hacía trascendente: tenía que trabajar hasta el infinito para describir completamente una onda material.
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Schrödinger desarrolló rápidamente una nueva mecánica ondacorpuscular. En vez de partir de la idea de que una onda es una infinitud de puntos extensos, consideró que las ondas son expresiones energéticas que pueden colapsarse en corpúsculos. En otras palabras, quiso partir de ecuaciones de onda y no de engorrosas matrices que calculan la suma infinita de las posibles extensiones (espacio-tiempo) que puede ocupar una partícula. Einstein quiso ir un poco más allá y considerar que todo es un campo gravitacional infinitamente determinado, eterno, inmutable, esférico y homogéneo que se colapsa en singularidades, pero este es otro tema.
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Ya que la mecánica de Schrödinger parte de la idea ondulatoria, éste se puso a trabajar con ecuaciones energéticas a imagen de la teoría de Maxwell sobre el electromagnetismo. Las ecuaciones energéticas se fundamentan en los lagrangianos (cuando en un sistema hay variación energética en el tiempo) o en los Hamiltonianos (cuando la energía de un sistema permanece invariable en el tiempo, como es el caso que nos atiende). Las ventajas de trabajar con ecuaciones energéticas son múltiples, así lo comentaba ya Poincaré “La teoría energética presenta las siguientes ventajas sobre la teoría clasica: 1º es menos incompleta, es decir, los principios de conservación de la energía y el de Hamilton (principio de mínima acción) nos enseñan más que los principios fundamentales de la teoría clásica, y excluye ciertos movimientos que la naturaleza no realiza y que serían compatibles con la teoría clásica. 2º Nos dispensa de la hipótesis de los átomos, que era casi imposible de evitar con la teoría clásica.”
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La teoría de Schrödinger resulta ser mucho más fácil de usar, más visual y por tanto más comprensible que la de Heisenberg, al menos aparentemente. Sus ecuaciones son ecuaciones de onda y sus resultados destacan la probabilidad de colapso de la onda. Pero, ¿qué significa la probabilidad de colapso de una onda? Ordináriamente este colapso se interpreta como la posición más probable donde encontraremos la partícula en cuestión, por ejemplo, el electrón. Pero semejante interpretación no es muy afinada; parece ser, más bien, que la ecuación nos informa de la probabilidad de poder cuantificar una onda. De hecho, la ecuación estipula las 'zonas' en donde la onda se comporta de forma más corpuscular y por tanto, su velocidad transversal -de extensión- es más cercana a su velocidad lineal.
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La teoría de Schrödinger aparentemente flaquea en dos puntos clave: 1º la función de onda viene definida por valores complejos, que como los valores trascendentales, no són reales - empíricos-. 2º Le resulta imposible evitar el principio de incertidumbre que ya había postulado Heisenberg, hecho que le obliga apelar a la probabilidad determinista.
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En definitiva, la teoría de Schrödinger, aunque aparentemente mucho más comprensible, fácil, manejable y visual que la de Heisenberg no consigue superar los dos obstáculos principales que precisamente movieron al austriaco a elaborarla. Es más, esta aparente visualización que nos presenta la ecuación es bastante engañosa: en realidad vemos lo que la ecuación 'quiere' que veamos no la realidad propiamente dicha. De hecho, Heisenberg dice “Cuanto más pienso sobre la parte física de la teoría de Schrödinger, más repulsiva la encuentro [...]. Lo que Schrödinger escribe sobre la “visualizabilidad” de su teoría “probablemente no es del todo cierto”, en otras palabras, es una basura.” Pues, al fin y al cabo los grandes problemas de su mecánica métrica son los mismos que los de Schrödinger. En este crucial aspecto no se ha avanzado nada... aunque parezca que sí.
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En conclusión , ninguna de las dos ecuaciones nos explica nada: en una naufragamos en el infinito, en la otra en los valores complejos. Las tomamos, sólo, por pura necesidad de cálculo y descripción ¡Las entendemos sólo como herramientas! Y si aceptamos la de Schrodinger es porque nos sabe más moldeable y fácil de usar. Además, nos gusta que ésta nos dé cierta visualización de la situación, aunque sea algo artificioso.
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Podemos comparar las diferencias entre la mecánica matricial y la mecánica ondulatoria de Schrödinger con la mecánica newtoniana y la mecánica lagrangiana.
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Durante decenios la cuestión –¿Qué significa que la realidad sea un montón de ondacorpusculos?- ha aplanado sobre todas las mentes científicas. Los más sensatos y desconfiados han optado por no preocuparse por la ontología de la realidad -Descubrir si ésta es o no ondacorpuscular-, sino por limitarse a la utilidad de las fórmulas. Así es, han optado por aprender de las fórmulas el cómo dominar la naturaleza ya apreciemos que ésta se comporte como onda o como corpúsculo. Y nada más.
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Las cosas no son simples, objetivas ni dadas, sino que adquieren múltiples caras según cómo las miremos. Nosotros mismos: nuestro comportamiento es contradictorio, circunstancial, voluble: ante una situación actuamos de una forma, ante otra de forma absolutamente contradictoria e insospechada ¿Qué somos realmente?
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Seguramente podemos determinar nuevos aspectos y comportamientos a cuanto experimentamos. A fin de cuentas, las ideas de corpúsculo y onda son ideas artificiales y plásticas que usamos para dar forma a cuanto vivimos.
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Hay que gozar de una gran libertad creativa para ser científico; a fin de cuentas, nuestras descripciones no atienden a lo que es, sino al cómo apreciamos nosotros que se comporta ¡Y nuestra apreciación sólo denota nuestras perspectivas de las cosas! Parece ser, a fin de cuentas, que lo que ‘es’ puede tomar múltiples formas distintas según cómo lo afectamos, es decir, cómo lo apreciamos, transformamos, pensamos y vivimos ¡Cuántas distintas mecánicas podemos desarrollar!
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Estudiar qué es la realidad es cuestión de la metafísica. Y la metafísica está más allá del empirismo. Pero hay que ser mentalmente muy sutil para entender que los datos empíricos no son propiamente la realidad, sino una manipulación de ésta.
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¿Cómo la metafísica puede incidir en la elaboración de nuevas formas descriptivas que nos den un mayor poder de análisis, cálculo y predicción? Para ello, primero hay que desarrollar una metafísica que sea demostrativa ¿Y cómo se hace eso?
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Sólo la metafísica es explicativa. Ésta es su fuerza. Pero es cierto que durante milenios su fuerza no se ha presentado más que como una gran debilidad espiritual, extraviándola hasta campos imposibles e indemostrables -Dios, Alma, Mundo material (conjunto de objetos definidos por sí mismos) o mundo Moral.
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En definitiva. Entrados el s.XXI nos damos cuenta que toda opinión mecánica es incompleta, insuficiente y artificial (un mito o una idealización). Nos damos cuenta, además, que experimentar no es captar las cosas por sí mismas como había predicado el idealismo científico, sino que experimentar es afectar, modificar, transformar (y no lo digo sólo por el principio de incertidumbre, sino como factor psicológico).
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