Los aforismos representan el paradigma del minimalismo conceptual y emocional "Lo bueno, si breve, dos veces bueno" decía Gracián. A raíz ya de Platón como de Kant y Aristóteles muchos han considerado el diálogo y la tesis como los medios filosóficos por excelencia. Sin embargo, para subir nuestro pensamiento hasta la cumbre de las más altas intuiciones no hay nada como el aforismo. Con él nuestro espíritu se enderece con salero y brío, y va hacia arriba... ¡Hacia donde el mundo reposa diáfano bajo nuestros pies!

El ánimo sentenciativo, el distanciamiento y el desinterés que toma para con las cosas, eso es, la frialdad y la claridad que persigue el aforismo suelen producir al lector, no pocas veces, un efecto contradictorio, como bien sucede con la brillantez de la luz solar. Así es, el carácter severo de las sentencias y máximas aforísticas da pie a una profunda y amplia reflexión; su distanciamiento para con las cosas favorece, paradójicamente, a que la sentencia penetre y golpee de forma aguda y contundente el espíritu del lector; mientras su claridad, su frialdad y serenidad suenan, a oídos de muchos, a oscuridad, embriaguez y violencia.

Heráclito de Éfeso, quien se retiró al templo de Artemisa desdeñando los pequeños egoismos de la mayoría, no sólo se dedicó a jugar con los chavales que por ahí corrían, sino que compuso los más famosos aforismos filosóficos de la história del pensamiento. De su obra salió su mote "Heráclito el Oscuro". Pero digan lo que digan los tartamudos, a quienes la realidad les sabe una especie de teatro de sombras chinescas, cabe aclarar que ni la feroz voracidad de los tiempos ha sido capaz de disolver el temperamento expresado por esos pensamientos gélidos y difíciles. Quizás sea porque toda opinión humana aun con toda sus filigranas y saltos lógicos, su hipocresía interesada y su artificial fantasía, a fin de cuentas, no puede dejar de tomar consciencia de la realidad.

A propósito de Baltazar Gracián, la Rochefoucauld con sus máximas se erigió como otro de los grandes exponentes del aforismo, dando a entender qué clase de cultura promocionan éstos, a saber: una cultura aristocrática, ociosa y ámpliamente liberal que goza de la reflexión en círculos privados, mientras lo público le suena a bochorno, adulteración y masificación.

El aforismo está diseñado especialmente para el recreo de los espíritus más inquietos, más aventureros, más exigentes y decididos, aquellos espíritus que no quieren que les pasen nada por el comedero. El diálogo, en cambio, va dirigido a una cultura más bien popular, incluso, quizás, de índole algo infantil. La tesis, por su parte, alimenta el mundo académico de los expertos y especialistas, mientras el ensayo fomenta, más bien, una cultura independiente, tentativa y artesanal.

Nietzsche seguramente ha sido el más destacado aforista de la modernidad. No en vano representa a uno de los occidentales que más ha invertido en la gestación de una cultura aristocrática y privilegiada, es decir, privada. Sus aforismos, destinados a ser degustados por los espíritus más libres, exigentes y fuertes, abarcan todos los terrenos.

En nuestra época, ahogada por libros, publicaciones y un bombardeo literario de todo tipo y condición mental, es difícil marcarse un territorio, confeccionar un coto cerrado mediante el cual construir algo propio para, entonces, poder compartir los frutos con otros. Internet nos brinda esta oportunidad, esta independencia, este terreno virgen y aún no expropiado por la voraz burocracia cultural popular que tantas veces se cree ser la medida del mundo. Aquí no tienen ningún derecho ni las académias estatales ni las ventas.

<<Formando círculos privados cada vez más extensos>>

 

Del método

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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